3 abr. 2016

A LA MUERTE





A LA PARCA.
Y llego como siempre en silencio,
entró en la alcoba donde ella estaba
sin hacer ruido, 
sin que nadie la sintiese entra, 
pero llegó y se sentó a los pies de su cama 
y esperó con la tranquilidad y la calma 
que tienen aquellos,
aquellos a los que nada escapa.

Esperó paciente a que la hora llegara,
que solo ella sabe, qué hora es, 
esa hora que tenemos ya marcada. 
Y ella la Parca, 
esa hora que tenemos ya marcada,
no debe ni puede cambiarla.

Llegó y esperó con calma 
a que su hora llegará 
y entonces, solo entonces 
se llevó entre sus frías manos 
aquella alma atribulada.

Quedó sobre la cama el cuerpo rígido y tibio, 
ese cuerpo que ya no tiene vida, 
que ya jamás suspira, 
que ya jamás respira.
Ese cuerpo carente de su alma.

La muerte con sus manos frías 
con su mirada carente de alegría 
se lleva nuestras almas 
y en ellas se lleva nuestras vidas.

Tan solo ella lo sabe, 
tan solo ella tiene su fecha 
y la hora escrita 
en el almanaque de la vida.

La muerte, está siempre presente 
en nuestras vidas, 
aunque la sintamos casi siempre
ausente y perdida. 

Ella es constate y paciente, 
ella jamás falta a una cita 
y todos con ella sin quererlo,
tenemos la hora ya pedida.

La muerte está siempre 
presente en nuestras vidas 
y la muerte lo queramos o no; 
es también vida. 

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