14 jun. 2010

BERCIANO

EL ÁLAMO DE BERCIANOS DEL CAMINO

Protegido de los rayos del sol,
bajo un álamo melancólico y enfermizo,
que lame las llagas de su piel
a la orilla de un arroyuelo callado y dormido.
Las pústulas de una enfermedad ruin y cruel
tienen a álamo de muerte malherido.

Un álamo que a más de un peregrino
dio sombra y lo protegió de la lluvia y del frío.
Un álamo que alegre creció junto a un arroyo
que canta muy cerca de Bercianos del Camino.

Bajo la sombra de este álamo descansaba:
Y me puse a pensar lo que hasta ese momento,
para mí había sido mi Camino.
Y recordé, como un día sin saber por qué
cogí mi mochila, mis botas y un palo de avellano
que conmigo al monte muchas veces ha subido
y sin pensarlo dos veces me encontré,
me encontré hollando este Camino.

Caminé a solas yo conmigo,
caminé con otros peregrinos,
caminé, caminé sin saber donde yo estaba,
ni cuál era el final de mi destino.
Camine por veredas y por trochas,
por senderos de carros ya perdidos,
camine por asfaltos muy calientes,
caminé, descubriendo los bordes Camino.

Y dormí en literas de hierro y de madera
con colchones por mil manchas bendecidos,
y me abrigué con mantas tan raídas
que no siempre me quitaron el frío.
Y dormí en albergues solitarios,
en colegios de niños ya vacíos,
y dormí en pórticos de ermitas e iglesias
que son faros para los peregrinos.

Yo hablé con todo aquel que quiso escucharme
y no tuvo reparos en hablar conmigo.
Que para mí es igual; el humilde lugareño,
que el fino, elegante y culto ejecutivo.
Me mezcle con las gentes de los campos
que adornan las besanas con sus trigos
y conmigo compartieron sus meriendas
y aplacaron mi sed con sus botijos.
Esas gentes tan nobles, tan humanas,
que las puertas de sus hogares pobres
las tienen siempre abiertas al Camino.
Busque en mi corazón de piedra
por la ira y el odio encallecido,
un poco de ternura y compasión
para lamer mis llagas ulceradas
por la falta de perdón y de cariño.

Comprendí que aquel viejo álamo
que se muere de pena al borde del Camino.
No descarga su ira y sus miserias contra nadie
y sigue protegiendo con amor y con cariño
al cansado, solitario y humilde peregrino.

Caminé andando hasta Santiago,
por decir que hice el camino.
Mi Camino lo di por terminado
muy cerca de Bercianos del Camino,
sentado a la sombra de un álamo
melancólico, callado y enfermizo.

Un álamo que lame las llagas de su piel
a la vera de un arroyo, que camina dormido.

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